lunes, 28 de mayo de 2012

Una de transeuntes


Es increíble. Podemos ir a un Aeropuerto y ver el espejismo mismo de la vida. Claro, sin sentarte con un paquete de pipas en una butaca; pensarían que eres un psicópata en busca de tu siguiente víctima. Pero, si simplemente esperas, observas…puedes vivir toda una vida en muy poco tiempo. Una vida hecha de cachitos de todas esas personas que pasan delante de ti, sin casi percatarse de que les observas, de que, por qué no, inventas el resto de sus vidas. 

En un primer momento no se ve mucha afluencia de personas. Unas que salen, otras entran, como brisas en la playa que aparecen y se van de la misma manera, con el único objetivo de hacer más llevadero el calor sofocante sobre tu piel.

Hay una pareja. Jóvenes. Rondando los treinta, quizá. Salen abrazados, riendo, se dicen cosas al oído y vuelven a reír. Él la mira, la aprieta con pasión por la cintura y le da un beso. ¿Un viaje de novios? ¿Un viaje en pareja? No lo creo. Después de una semana juntos no sería de extrañar sentir cierta indiferencia, mezclada con algunas gotas de resignación y amargura por volver a la rutina, que queriendo o sin querer, pulverizas sobre tu pareja. Es más probable que haya sido él, el que regresara de viaje. Sólo hay una maleta, y ella no lleva bolso de mano. Por eso se ven tan cariñosos, es el re-encuentro. Pero, entonces, vas un poquito más allá. ¿Será sincero eso que, mutuamente, se demuestran?, ¿O, puede que, detrás de esas muestras de afecto, cariño y amor, se escondan algunos secretos que perturban sus mentes, que les produzca un miedo atroz si se diese el caso que el otro lo descubriera?  De pronto empiezas a atribuirles secretos. Todos los tenemos. Es posible que piensen que van a estar juntos por siempre. Y quizá sea así. Pero no. Esta vez, voy a separar sus caminos. Yo, que soy quién escribe sus historias. Pero no hoy, ni dentro de un mes. Aún tienen tiempo de ser felices. Dejaremos seis meses más, tiempo suficiente para que se agote toda la pasión. Pero, ojo, es por su bien. Después de la ruptura encontrarán a alguien que les haga vibrar, no sólo seis meses. Esa vez, seré otra vez caprichosa, y dejaré que sean (in)felices durante muchos años.

Poco después, un grupo de siete amigos.  Hablan dando voces, ríen a carcajadas. Bermudas, cholas, camisetas anchas y gafas de sol. Vienen del sur de España, seguro. Se re-encuentran con una chica a la que saludan como si solo hiciera unas horas que no se ven.  Una hermana sin mucho feeling o una amiga no muy cercana, quizá de la novia. Porque estos chicos se fueron de despedida de soltero. Celebran el último día de libertad sin vigilancia. Entonces te vuelves a preguntar cómo será ese sentimiento que lo ha llevado a tomar esa decisión. ¿Pensará que es para siempre o, en cambio, vive el día a día, afrontando problemas, saltando o rodeando muros y rompiéndolos cuando sea necesario? –¡No me caso, ya no me caso! Seguían bromeando. Esperan apoyados en la pared, quizá al segundo coche que ha de ir a buscarlos. Comentan el viaje. Me imagino cuatro noches de cenas y fiestas interminables. Botellas de alcohol vacías amontonadas en alguna esquina de una habitación cualquiera en un hotel perdido en algún lugar. 

Vaya, no llegan a recogerlos. La boda, en mi historia, será mañana. Han de llegar a tiempo para ver a los familiares, amigos y a la novia. Ultimar los preparativos y pasar su última noche de novios juntos. No me fascina la idea de la boda, pero ella estará preciosa. A él le sudarán las manos al verla entrar por la catedral con su vestido blanco de enorme cola. Se mirarán a los ojos, sonreirán, y se habrán dicho en ese instante todo lo hermoso que sienten, todo lo que se han dicho y todo lo que se dirán, a modo de fianza. Y que el destino termine lo que yo he empezado, ¿no?

Sigo mirando a mi alrededor, y encuentro otra pareja, esta vez, dos personas mayores. Compañeros en esta vida, donde lo que ya reina para ellos, desde hace muchos años, es la costumbre y el cariño. Llegan con la misma ilusión con la que probablemente se fueron. Con las mismas ganas e ilusión de volver a ver a sus hijos, a sus nietos. Con las mismas ganas e ilusión, ellos sí, de volver a la rutina. Si me prometieran que cada vez que viniera al aeropuerto voy a encontrarme con sonrisas llenas de tanta ternura al mirarse, al saber que están en casa, a dónde pertenecen, y te transmitan que esa rutina está bien, vendría, al menos, una vez en semana, y cada día que las viera, les dedicaría una sonrisa llena de la misma ternura, porque, en el fondo, me dan envidia, envidia sana.

Por un momento hubo un tumulto de personas que entraban y salían sin parar. Algunos iban solos, directos a sus destinos, como esas personas que tienen muy claro lo que hacen, a dónde van, y que no tienen miedo a nada, únicamente saben lo que tienen que hacer y lo hacen.
Otros iban acompañados, siguiendo su camino cogidos de la mano, sin tirar, sino haciéndose compañía, decidiendo las cosas juntos, equivocándose juntos, y remediándolo juntos.
En cambio, otras personas, también solas, caminaban sin rumbo. Dudaban de qué camino coger, en qué dirección ir. A veces, incluso, tomaban un rumbo y al llegar a su destino, volvían sobre sus pasos, esperando a que alguien les dijera a dónde tenían que ir. 

La vida misma.

La gente se disipó, y de repente, a lo lejos, divisé a una persona sentada en una de las butacas de la sala de espera. Una chica cabizbaja leyendo un libro, levantando la mirada de vez en cuando para mirar a su alrededor, esperando a alguien, seguramente. Estaba sola, con las piernas cruzadas, el pelo recogido y, a su lado, un bolso al que disimuladamente tenía bajo su atención. Inventar su historia iba a ser fácil. Tenía todas las posibilidades a mi disposición.

Puede que fuera una chica solitaria, aunque no tengo muy claro si por decisión propia o por caprichos de la vida. Su mirada era oscura y profunda a la vez que nostálgica. Miraba al frente, como buscando algo, una respuesta, quizá. A veces, al igual que yo, miraba a las personas que pasaban delante de ella. Me pareció divertido pensar qué historias inventaría para las mismas personas que yo.
Estará pensando en alguien especial, seguro. Un novio, o un exnovio; amigos, algún familiar, en la vida en sí… Parece que no es feliz, me lo dicen sus ojos, aunque le inventaré que lo tiene todo para serlo. Y seguí inventando. Reflexiona en silencio sobre los últimos años de su vida. No sabe en qué momento se convirtió en lo que es. Una muchacha que disfruta, o eso quiere creer, de su soledad; una muchacha fría, que tiene miedo a dejarse llevar, a sentir. 

Recuerda y piensa. Ya sabe en qué momento cambió. Sabe exactamente qué momentos, qué circunstancias y qué sufrimientos la han hecho así. Tan triste. Tan sola. Tan llena de miedos. Con la indiferencia que le produce la felicidad, si puede regalarla. Pero sabe que no podrá ser así siempre. Hasta entonces, sigue mirando al frente con una mirada llena de dudas y de “¿Hasta cuando?” Pero no le importa, porque todo lo bueno y todo lo malo que ella es, es gracias a esas personas. Ellas les ha hecho más fuerte, más dura, también más buena, y le han enseñado que se puede querer a pesar de los recuerdos amargos, porque también los hay muy dulces. Nuestras miradas coindicen. Yo miro a otro lado disimulando, y sigo inventando su vida. Con una media sonrisa, y con el corazón lleno, da gracias a cada una de esas personas, auto convenciéndose de que todo habrá pasado por su bien. A pesar de saber a ciencia cierta que no podrá sonreír con la complicidad de la primera pareja del aeropuerto, o conocer a alguien a quién hablar con la mirada, ni llegar a pensar jamás que la rutina es buena aun rodeada de los suyos… todo eso es prácticamente imposible para ella. No existe ilusión. Pero tampoco le importa…la vida, dicen, puede ser más que eso y siempre pone a personas maravillosas en el camino. Y si ella no puede tenerlo, piensa, podrán tenerlo otros.

De repente, de la nada, pasó delante de mí, un carrito de maletas a toda velocidad con un niño dirigiéndole como si de un patinete se tratase. Chocó contra una vitrina. Al niño, afortunadamente, no le pasó nada, pero miles de pequeños cristales cubrían el suelo. La gente se puso en pie, levantaron al niño del suelo y cercaron la zona para que nadie pasara por allí evitando el peligro de que alguno se llevara uno de esos pequeños cristales consigo. 

Cuando levanté la vista para buscar a la protagonista de mi historia, al igual que la vitrina, había desaparecido. Así que, para terminar su historia tuve que retener su imagen en mi cabeza. Sentada con las piernas cruzadas, su pelo negro recogido, su bolso a un lado, su mirada nostálgica y, en sus manos, Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti, el mismo libro que llevaba conmigo en el aeropuerto, curiosamente, también con el precio en la misma esquina de la contraportada.

S.V.S.

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